Josep Corredor-Matheos


Guía a Salvador Alibau una sed de absoluto. Podemos interpretar que siente el arte como un medio para percibir la posible trascendencia. De esta manera, el arte no es un instrumento de autocomplacencia ni se agota en la obra misma, sino que, en último término, nos remite a algo que está fuera del cuadro -o sea, muy adentro- y que confiere a este su más profundo sentido. Esto, que es inusual en el arte contemporáneo, lo han sabido ver diversos comentaristas de su obra. Conxita Oliver ha escrito que "Al igual que la obra del zen busca constantemente la huida de la materialidad hacia la esencialidad en una vocación tenaz hacia la consecución de la sustancialidad más pura, la obra de Alibau comparte el mismo objetivo, ya que su impulso creador nace de una larga y profunda preparación espiritual y aquello que plasma es la quinta esencia de la realidad". Josep Maria Cadena ha dicho que "de tan inmaterial nos acerca al concepto de eternidad".


El material utilizado -la fibra de celulosa previamente refinada y, en el caso de las aguadas, hojas hechos con lino, impregnados con cola animal, en las cuales color y soporte se funden- se reduce al mínimo, hasta el punto de que parece desaparecer. Y, efectivamente, a veces parte de la materia se pierde, para ganar en sutilidad y en transparencia. Hay espacios vacíos en la superficie, claros, partes fragmentadas, bordes como carcomidos por la acción del tiempo, por los agentes atmosféricos, por el proceso de descomposición propio de todo lo que es vivo. El material acostumbra a ser tan delgado, tan fino, que soporte y materia parecen dejar de ser cosas distintas y se confunden. La atracción por los materiales la encontramos des de sus primeras etapas. Ya en los años cuarenta y cincuenta utilizaba, además del aceite, colores preparados por él mismo: colas en líquido o en pasta, o bien ceras a la encáustica o disueltas en aguarrás, para sus figuras y cabezas, y los aplicaba a veces con marcadas texturas.


El proceso de desmaterialización es común al corriente principal del arte de nuestra época, el más inquieto y renovador, y ha desembocado en las tendencias conceptuales, allí donde la materia, tal y como se entendía en el arte, efectivamente, desaparece. Pero aunque podamos situar la obra de este artista en el seno de este corriente, por su inquietud y las características de su producción, su desmaterialización responde a intenciones y, sobre todo, a impulsos -la creación se da más por un impulso profundo que por una voluntad deliberada- que tienen poco en común con la generalidad de los artistas actuales. En primer lugar porque, así como en la materia constituye el último capítulo, por ahora, de una afirmación de la materia, que acaba estallando después de una hiperafirmación, una emfatización que alcanza su límite, en Alibau aquello que se busca es la revelación, por transparencia, del vacío en que se encuentra el sentido último del verdadero arte.


Un arte como el suyo implica a nuestro ser todo entero. No se trata de un recreo meramente intelectual o racional, y no digamos ya informativo o discursivo: la emoción se sostiene de manera tan leve y limpia, tan depurada, como lo hacen sus colores o el espacio, y también el leve material utilizado. El recuerdo de sus cuadros -si es que así queremos llamarles- no está basado tanto en las imágenes, pese a que se trata de arte plástico, sino en volver a sentir la emoción que sentimos al contemplarlos. Algo, por lo tanto, inmaterial y, en el fondo, inefable, pese a las posibles aproximaciones críticas. Aquella impresión sutil podemos relacionarla con la poesía: "Recuerdo la intensa emoción poética que ha suscitado en mí la obra de Salvador Alibau, refinado maestro de Barcelona", ha escrito el crítico italiano Emilio Sidoti. "Alibau, mirando a lo impalpable, funde pintura y escultura de manera sutil y preciosa al mismo tiempo".


La contemplación del conjunto de su obra produce en nosotros una clara sensación de coherencia. Del principio a la postre advirtamos que responden a una misma necesidad y a idéntico impulso. Está claro que esta sola condición no sería suficiente para convencernos, pero si que es inexcusable y no demasiado frecuente. Toda transformación, tan usual y comprensible en nuestra época, debe ser justificada, no por un mero acto de voluntad, de acuerdo con un razonamiento, sino por el resultado de un proceso interno en que intervenga la totalidad de nuestro ser, como es el caso de Salvador Alibau. Entonces es cuando, en rigor, podemos hablar de arte. Es bueno que, de la obra de un artista, conozcamos su manera de proceder, la solidez de su composición, las peculiaridades de su color, la fuerza de la pasión, la vibración de la sensibilidad, el impulso que da vida a estos factores y elementos, el horizonte al cual apunta, los límites que trata de transgredir -función primordial del arte-, incluso su trayectoria, y que descubramos los retos alcanzados. Pero todo esto, tanto el espectador como el crítico y el historiador tienen que olvidarlo cuando se encuentren ante la obra, para dejarse empapar por la emoción. Algo que es fácil cuando se trata de una creación tan auténtica, tan exigente y tan pura como la de Salvador Alibau.



Salvador Alibau: una pintura esencial 2000 (fragmento)
extraido del libro: Alibau, obra, y técnica de la fibra de celulosa
Arola Editores. 2000





Éstas sutiles esculturas de Alibau condensan en una mínima materia un tiempo vivido y rico. Son de materia vegetal, impregnada de lo humano y, finalmente, lavada, liberada de este peso, siempre excesivo. En láminas finísimas está escrita toda la historia, y también borrada o, cuando menos, polvorizada, para que pueda revelar aquello que tenía de inútil. La sutileza de estas obras evocan el vacío, el no-tiempo, el no-espacio, aquello que emerge cuando todo cuanto parece ser desaparece.


Todo esto es tan sensible que puede llegar a resultar demasiado para aquellos que no se encuentren dispuestos a ver allí donde ya no hay nada, salvo lo que realmente importa, la delicadeza de aquello que se resiste a ser visto, el verdadero misterio, siempre claro y transparente .


He hablado de escultura sobre todo como provocación. Aquí no hay volumen: únicamente espacio, o mejor un indicio de vacío. Es más propio seguir hablando de pintura, que ha sido hasta ahora la ocupación de este singular artista. Se trata, en todo caso, de una pintura poco convencional: el pigmento parece ser que se sostiene en el espacio. Es difícil de concebir una pintura más pura: los colores se sostienen solos en el aire; iluminan el aire.


La exigencia es total. Y si la ambición y la sensibilidad, la delicadeza, son máximas, otras muchas cosas, las propiamente materiales, son mínimas: únicamente están indicadas. Este arte es puro gesto. No arte gestual: aquí no hay ninguna prisa; solo aquélla que, conscientes de la brevedad de la vida, nos obliga a hacer el camino lo más despacio posible. Un gesto que apenas deja rastro, y que resulta, por ello mismo, y en su brevedad, cargado de significado.


Considero que se trata de un arte difícil de advertir, porque, lejos de reclamar nuestra atención, parece ignorarla. Qué tiempos éstos que parece un crimen ver las cosas por transparencia. Aunque quizás sean muchos los que, frente a tanto rigor y tanta ambición tan limpia, tan desinteresada, sepan ver que el arte no debe ser anuncio y simulacro de sí mismo, sino algo como estas creaciones que Alibau ofrece a nuestra consideración.



Catàleg de l'exposició a l'Institut Francès de Barcelona,
Febrer de 1988