Vicenç Villatoro, 1989


Cuando un periodista especialista en nada se acerca a la obra creativa de un artista sin otro capital que la ingenuidad para hacer frente a la incomodidad del intruso, tiene que fiarse a la fuerza de la propia mirada. De las intuiciones, las revelaciones y las sugerencias que se pueden establecer entre una obra plástica y los ojos que la miran y el arsenal de imágenes evocables y significativas que hay detràs de estos ojos. Hablar, por lo tanto, no de aquello que hay, sino de aquello que se ve.


En la obra de Alibau yo veo, y lo digo así de entrada, por encima de todo paisaje. Y eso podría no ser un elogio si confesase, en paralelo, que no me siento un amante del paisaje; no ya de sus representaciones, sino del paisaje original, auténtico. El paisaje me parece, si se me permite la expresión, demasiado azaroso, demasiado casual. Debido a una deformación humanística, necesito para que una imagen me provoque emoción, vincularla a las manos del hombre, detectar una acumulación de inteligencia o sensibilidad o padecimiento o entusiasmo humanos. Las formas bellas que puede tomar una piedra por efecto del agua me parecen siempre menos entrañables que las que puede tomar por la acción de una voluntad humana. El paisaje no me dice nada, si no se puede rastrear en el paisaje la huella de la humanidad. Una huella que en algunos casos puede ser visiblemente transformadora y en otros sólo la denominación: un paisaje que haya provocado un poema extraordinario ya me parecerá, sólo por ello, más bello..


Y es por ello, por esta humanización del paisaje, que me encuentro con la obra de Alibau. Aquí no hay retrato del paisaje, fascinación gratuita por el paisaje. Hay metabolización del paisaje en colores, en formas, en sugerencias sutilísimas. Hay mano humana, pero aún más una calidad humana por encima de todas: síntesis, conceptualización, abstracción en el mejor sentido de la palabra y el más original. Alibau hace sobre el paisaje dos maniobras humanizadoras de efecto aparentemente contradictorio, pero de resultados acumulativamente complementarios. Por una parte, extrae. Coge el paisaje y le saca el zumo, que puede ser una línea, un color, un rasgo significativo y evocador que cuando lo identificas te parece realmente la esencia de aquello que inyecta reflexión estética, combinatoria intelectual de colores y de sensaciones, incluso conceptos más complejos. Por ejemplo, tengo la sensación de que Alibau es capaz -y no sabría decir a través de qué alquimia concreta, a través de qué exhibición de oficio- de inyectar a estas visiones del mundo físico tan transformadas conceptos como la placidez o la tragedia. Tengo la sensación de que Alibau construye imágenes desde un cierto sentimiento trágico de la vida, una visión por lo tanto no contemplativa de las cosas, sino llena de significaciones intelectuales y humanas. No es extraña, por lo tanto, la inspiración en la imagen trágica del bosque quemado, que se puede rastrear claramente en esta muestra de su obra. Imagen trágica, por supuesto, pero también con un aliento curioso de épica, de intensidad en el desastre muy tradicionalmente romántica. Si ya he dicho que no podía acercarme a la obra de Alibau sino con la ingenuidad de los propios ojos y con el propio arsenal de palabras e imágenes, tengo que confesar que la imagen del bosque quemado me es personalmente muy próxima y enlaza con la propia sensibilidad con una pequeña reflexión escrita no hace mucho tiempo, tal vez mientras Alibau construía las imágenes que ahora nos presenta: "Vivir en la ceniza/ de los pinos con la añoranza/ no del bosque, del incendio"


Suerte que este texto acompaña un catálogo ilustrado. Si no, tal vez un lector estricto imaginaría un Alibau tópicamente paisajista, uno retratista de naturalezas vivas. Y no, como verán, el paisajismo de Alibau es un paisajismo de otro tipo. Lo que él pinta son los paisajes sentimentales. O sea, los paisajes del hombre, pasados por el cedazo de la sentimentalidad, de la inteligencia, de la sensibilidad humana. Paisajes sentimentales. Un mundo, por lo tanto, no sólo bello, sino por encima de todo emocionante.



Presentación aparecida en el monográfico de la exposición en el Instituto Francés
Barcelona, noviembre de 1989